Cultura Galega Adiós, ríos; adiós, fontes; adiós, regatos pequenos; adiós, vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos. (Rosalía de Castro) Comería a túa alma coma quen come un ovo doce novo, perfecto microcosmos no seu óvalo de nacre. (Estíbaliz Espinosa) Idioma meu, homilde, nidio, popular, labiego, suburbial e mariñeiro, que fas avergoñar ó burgués, ó señorito i o tendeiro. (Manuel María Fernández) Ás veces fáltannos palabras e ás veces sóbrannos, ás veces fáltanos o tempo de dicilas e ás veces pásanos o tempo de calalas. (Baldo Ramos) Os soños cantan coa gorxa xeada, como esclavos fan tocar os tambores. (Manuel Rivas) Mexan sobre nós e temos que dicir que chove. (Castelao) Díxenlle á rula: Pase miña señora! E foise polo medio e medio do outono por entre as bidueiras sobre o río. (Álvaro Cunqueiro)

Alfonso Graña, el rey de los Jíbaros


Los jíbaros son una etnia que habita vastas extensiones de la selva amazónica, entre Perú y Ecuador. Desde 1922 a 1934 tuvieron como Rey a un gallego de la aldea orensana de Amiudal. Era analfabeto, aventurero, extremadamente delgado, de piel muy blanca, cabello rubio-rojizo y usaba gafas. 

Alfonso Graña había llegado a América en busca de fortuna. A partir de 1910, se dedicó por un tiempo a la recolección de caucho cerca de Iquitos (Perú), pero el negocio se precipitó al vacío con la introducción de estos árboles en las tierras del extremo Oriente, un lugar en el que crecían mucho más rápidamente y producían una mayor cantidad de látex. También fue buscador de oro y comerciante.

En vista de la falta de perspectivas Graña decidió internarse en la selva y remontar el Amazonas. El gallego, dotado de una especial capacidad de resistencia y tenacidad a pesar de su aspecto enclenque, se topó en su periplo con el jefe de una tribu y sus acólitos, que en un principio tenían pensado poner fin a su vida. Pero la hija de aquel jefe se enamoró de Graña y la cosa acabó en boda. Al poco tiempo el jefe de la tribu (su suegro) murió y él fue coronado como rey, ejerciendo de tal por más de una década.

Alfonso Graña.

Tenía cerca de 5.000 súbditos, que lo veneraban casi como a una deidad, cosa que no era de extrañar puesto que Graña les suministraba material y sistemas para multiplicar la obtención de sal. Pero el orensano no se olvidó de la civilización y dos veces al año sorteaba el peligrosísimo laberinto fluvial de remolinos y rápidos del Pongo de Manseriche en barcazas a las que siempre se negó a ir atado, como hacían los demás para no ser arrastrados por las duras corrientes.

En Iquitos se presentaba con los jíbaros y les llevaba al cine, les compraba helados, escuchaban juntos la radio, les vestía con fracs y sombreros de copa y para que conocieran la ciudad les montaba en el Ford descapotable de su amigo Cesáreo Mosquera, dueño de la librería Amigos del País y también conocido de Francisco Iglesias Brague, inspirador de una enorme expedición que se iba a llevar cabo por toda América pero que se frustró por el comienzo de la Guerra Civil española. 

Graña suministró a Iglesias Brague una buena colección de plantas locales con diferentes usos medicinales, remedios que años después fueron utilizados y explotados por la industria farmacéutica, especialmente estadounidense. Se convirtió en un hábil comerciante que no le hacía ascos al contrabando, y durante los días que pasaba en Iquitos vendía mercancías que traía de la selva, como monos, tortugas, pescados y otra serie de víveres.

Pero sus actividades no paraban ahí, ya que también guiaba expediciones por el interior de la selva, tanto científicas como comerciales en busca del cada vez más ansiado petróleo. En cierta ocasión llevó a cabo una hazaña que dejó con los ojos abiertos a más de uno, ya que en 1933, tres hidroaviones de la Fuerza Aérea Peruana se vieron obligados a posarse sobre el río Nieva como consecuencia de una fuerte tormenta. Uno de ellos intentó despegar de nuevo, pero literalmente se estampó contra unos árboles. El piloto murió y el mecánico resultó herido. Graña, alertado por sus súbditos, informó de la tragedia a las autoridades de Iquitos. De regreso a sus territorios localizó el cuerpo del finado y lo embalsamó. Luego procedió a desmontar dos de los hidroaviones, puesto que el otro consiguiera despegar con los supervivientes poco después del accidente, y los cargó en sendas barcazas, junto con el féretro. Lo que nadie se explica es cómo consiguió sortear el Pongo de Manseriche con semejante carga. Pero lo hizo y fue premiado por ello con una autorización permanente de las autoridades para seguir gobernando la zona.

Alfonso Graña.

Un año después de aquello murió en la selva, sin saberse con certeza su causa. En las crónicas del escritor y periodista Víctor de la Serna, sobre la vida increíble y desmesurada del que bautizó como "Alfonso I, Rey de la Amazonia".

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