Cultura Galega Adiós, ríos; adiós, fontes; adiós, regatos pequenos; adiós, vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos. (Rosalía de Castro) Comería a túa alma coma quen come un ovo doce novo, perfecto microcosmos no seu óvalo de nacre. (Estíbaliz Espinosa) Idioma meu, homilde, nidio, popular, labiego, suburbial e mariñeiro, que fas avergoñar ó burgués, ó señorito i o tendeiro. (Manuel María Fernández) Ás veces fáltannos palabras e ás veces sóbrannos, ás veces fáltanos o tempo de dicilas e ás veces pásanos o tempo de calalas. (Baldo Ramos) Os soños cantan coa gorxa xeada, como esclavos fan tocar os tambores. (Manuel Rivas) Mexan sobre nós e temos que dicir que chove. (Castelao) Díxenlle á rula: Pase miña señora! E foise polo medio e medio do outono por entre as bidueiras sobre o río. (Álvaro Cunqueiro)

La leyenda de Orcabella


Sobre el año 1580 un hombre decidió hacer el camino de peregrinaje a Santiago. Al llegar a Santiago y como es costumbre, dicho peregrino siguió su camino hasta Fisterra.

Cuando el peregrino iba caminando hacia la cima del Cabo de Finisterre, con el propósito de conocer un antiguo enterramiento sobre el que había oído contar extrañas leyendas, le salió al paso un pastor para aconsejarle que no continuara subiendo hasta las rocas de la cima ya que se encontraría con la meiga Orcabella.


La Orcabella era una mujer vieja y fea que llegó a Galicia en tiempo de las guerras con los moros y paganos. Era una experta en artes mágicas y perseguía cruelmente a cuantos niños se le antojaban. Vivió durante casi 200 años y dejó la mitad del reino despoblado.

Cuando se cansó de vivir se retiró a aquellas peñas, en una de ellas excavó una tumba, y con la ayuda de un pastor que ella tenía preso y encantado, levantó una gran lápida para cubrir el sepulcro y la puso encima de él, emparejada de lado a lado. Después se despojó, y abrazando al triste pastor en remuneración de los servicios que le había hecho, lo echó y encerró dentro del sepulcro, sin que las fuerzas del pobre fuesen bastantes para defenderse de la Orcabella, la cual, dejando sus vestidos fuera, se metió dentro de esta cama mortal y sirviéndose de colchón del desventurado pastor, se acostó encima de él.



Con un gancho de palo que ella tenía, hizo caer sobre la tumba la lápida grande y pesada, y dentro de tres días (como el pastor sepultado dijo) dio el ánima a quien mandada la tenía. El desventurado pastor daba tan grandes voces y gritos, que los pastores que en desierto estaban, corrieron a donde oyeron las voces, y entrando por el agujero de las peñas, queriéndolo sacar del peligro en que estaba, quedaron muy espantados porque vieron que el sepulcro estaba todo rodeado y cubierto de culebras y serpientes, por lo que el pastor se quedó ahí para siempre.

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