Cultura Galega Adiós, ríos; adiós, fontes; adiós, regatos pequenos; adiós, vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos. (Rosalía de Castro) Comería a túa alma coma quen come un ovo doce novo, perfecto microcosmos no seu óvalo de nacre. (Estíbaliz Espinosa) Idioma meu, homilde, nidio, popular, labiego, suburbial e mariñeiro, que fas avergoñar ó burgués, ó señorito i o tendeiro. (Manuel María Fernández) Ás veces fáltannos palabras e ás veces sóbrannos, ás veces fáltanos o tempo de dicilas e ás veces pásanos o tempo de calalas. (Baldo Ramos) Os soños cantan coa gorxa xeada, como esclavos fan tocar os tambores. (Manuel Rivas) Mexan sobre nós e temos que dicir que chove. (Castelao) Díxenlle á rula: Pase miña señora! E foise polo medio e medio do outono por entre as bidueiras sobre o río. (Álvaro Cunqueiro)

La leyenda del Conde Munio y Santiago Apostol


Él era un conde, joven y apuesto, alegre y mujeriego. 

Un día se encontró en un camino con una hermosa muchacha. Iba sola y caminaba muy despacio como si estuviera cansada; parecía triste y pensativa. 

El conde Munio púsose a su lado e intentó hablarle; pero la doncella, sin duda joven virtuosa, no le contestó ni bien ni mal, pues nada le dijo. El conde no se desanimó por eso y siguió a su lado diciéndole que, pues llevaban el mismo camino, tendría una gran satisfacción en acompañarla, no fuera a suceder que yendo, como iba, sola, pudiera encontrarse algún desalmado que pretendiese ofenderla o hacerle daño; y así, él se encargaría de ampararla y defenderla. 

La joven le agradeció entonces tan estimable ayuda, que no le pareció cosa que debiera desechar, y fueron siguiendo juntos el camino. 

Poco después el camino real atravesaba un bosque. El lugar solitario, la hermosura de la mujer y los deseos del conde hicieron que éste cometiera con la indefensa joven un hecho vil, y la violencia se consumó. 

La pobre doncella gritó en balde pidiendo socorro; nadie oyó sus doloridos lamentos. 

El conde Munio reíase de la infeliz y le decía: 

—Calla, mujer, que la cosa no es para tanto sollozar. En cuanto llegue a mi castillo, te enviaré uno de mis criados para que te consuele, y aún has de quedarme agradecida. 

Y se fue apurando el paso, muy ufano. 

Mas, en esto apareció un viejo soldado de largas barbas blancas, que, a juzgar por la concha de venera que llevaba en el frente de su sombrero, así como por las otras que mostraba su esclavina, bien claramente se veía que venía también de vuelta de una peregrinación a Compostela, siguiendo el camino que había recorrido la desdichada joven. El soldado se apoyaba en su larga y fuerte espada como en un cayado; y acercándose a la romera, le preguntó el por qué de sus tristes lamentos y sollozos. 

La joven le contó entonces cuál era su desgracia y cómo ésta le había sucedido cuando volvía de Santiago, a donde había ido a fin de orar arrodillada ante la tumba del Apóstol para rogarle protección en su soledad y desamparo, puesto que había perdido a sus padres. 

El viejo soldado, con cariñosas palabras, fue calmando su congoja y enjugando sus lágrimas y le dijo que iba a llevarla consigo a presencia del rey para ver de remediar su mal. 

Y fueron los dos caminando hasta el palacio real. 

—Yo te requiero, buen rey, por el apóstol Santiago, que hagas justicia a esta su romera. El rey mandó llevar ante sí al conde Munio y le dijo: 

—Por ley divina teneis la obligación de casaros con esta joven a la que habéis ultrajado. Por ley humana debeis ser degollado si así no lo cumplís. No hay hidalguías cuando se falta a Dios y a la honra de una doncella. 

—Venga, el verdugo —respondió el conde—. Mejor quiero morir mil veces que seguir viviendo en verguenza. 

—Sea —dijo el rey. Pero el soldado añadió: 

—Buen rey, haceis mala justicia, no juzgasteis bien el hecho, puede que la honra se lave con sangre, pero no se lava el pecado. Primero, el conde ha de casar con la joven y luego debe ser degollado. 

Retrato del Conde Munio

Al hablar así, dejó el soldado su espada, se despojó de su vestidura de romero y apareció con el traje de un santo obispo. El conde, arrepentido, se arrodilló a sus pies. Entonces el obispo tomó la mano de la romera y la del conde y allí mismo los declaró casados. 

Mas, el conde, pedía la muerte para no verse deshonrado. El obispo lo absolvió de su pecado; aun no bien acabara de pronunciar las últimas palabras, cayó el conde Munio muerto a sus pies, librándose así de ser ajusticiado. Y dicen las crónicas que aquel santo obispo era el mismo Santiago en persona, que había acudido en socorro de su romera.Él era un conde, joven y apuesto, alegre y mujeriego. 

Un día se encontró en un camino con una hermosa muchacha. Iba sola y caminaba muy despacio como si estuviera cansada; parecía triste y pensativa. 

El conde Munio púsose a su lado e intentó hablarle; pero la doncella, sin duda joven virtuosa, no le contestó ni bien ni mal, pues nada le dijo. El conde no se desanimó por eso y siguió a su lado diciéndole que, pues llevaban el mismo camino, tendría una gran satisfacción en acompañarla, no fuera a suceder que yendo, como iba, sola, pudiera encontrarse algún desalmado que pretendiese ofenderla o hacerle daño; y así, él se encargaría de ampararla y defenderla. 

La joven le agradeció entonces tan estimable ayuda, que no le pareció cosa que debiera desechar, y fueron siguiendo juntos el camino. 

Poco después el camino real atravesaba un bosque. El lugar solitario, la hermosura de la mujer y los deseos del conde hicieron que éste cometiera con la indefensa joven un hecho vil, y la violencia se consumó. 

La pobre doncella gritó en balde pidiendo socorro; nadie oyó sus doloridos lamentos. 

El conde Munio reíase de la infeliz y le decía: 

—Calla, mujer, que la cosa no es para tanto sollozar. En cuanto llegue a mi castillo, te enviaré uno de mis criados para que te consuele, y aún has de quedarme agradecida. 

Y se fue apurando el paso, muy ufano. 

Mas, en esto apareció un viejo soldado de largas barbas blancas, que, a juzgar por la concha de venera que llevaba en el frente de su sombrero, así como por las otras que mostraba su esclavina, bien claramente se veía que venía también de vuelta de una peregrinación a Compostela, siguiendo el camino que había recorrido la desdichada joven. El soldado se apoyaba en su larga y fuerte espada como en un cayado; y acercándose a la romera, le preguntó el por qué de sus tristes lamentos y sollozos. 

La joven le contó entonces cuál era su desgracia y cómo ésta le había sucedido cuando volvía de Santiago, a donde había ido a fin de orar arrodillada ante la tumba del Apóstol para rogarle protección en su soledad y desamparo, puesto que había perdido a sus padres. 

El viejo soldado, con cariñosas palabras, fue calmando su congoja y enjugando sus lágrimas y le dijo que iba a llevarla consigo a presencia del rey para ver de remediar su mal. 

Y fueron los dos caminando hasta el palacio real. 

—Yo te requiero, buen rey, por el apóstol Santiago, que hagas justicia a esta su romera. El rey mandó llevar ante sí al conde Munio y le dijo: 

—Por ley divina teneis la obligación de casaros con esta joven a la que habéis ultrajado. Por ley humana debeis ser degollado si así no lo cumplís. No hay hidalguías cuando se falta a Dios y a la honra de una doncella. 

—Venga, el verdugo —respondió el conde—. Mejor quiero morir mil veces que seguir viviendo en verguenza. 

—Sea —dijo el rey. Pero el soldado añadió: 

—Buen rey, haceis mala justicia, no juzgasteis bien el hecho, puede que la honra se lave con sangre, pero no se lava el pecado. Primero, el conde ha de casar con la joven y luego debe ser degollado. 

Al hablar así, dejó el soldado su espada, se despojó de su vestidura de romero y apareció con el traje de un santo obispo. El conde, arrepentido, se arrodilló a sus pies. Entonces el obispo tomó la mano de la romera y la del conde y allí mismo los declaró casados. 

Mas, el conde, pedía la muerte para no verse deshonrado. El obispo lo absolvió de su pecado; aun no bien acabara de pronunciar las últimas palabras, cayó el conde Munio muerto a sus pies, librándose así de ser ajusticiado. Y dicen las crónicas que aquel santo obispo era el mismo Santiago en persona, que había acudido en socorro de su romera. 

El Apóstol Santiago

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